Vivimos inmersos en un océano de emociones, algunas positivas o benéficas, pero bastantes más, negativas o maléficas.
Deseamos y propiciamos las emociones positivas, felices y tratamos de evitar las negativas, lo que supone un trabajo de armonización emocional constante que suele resultar agotador.
Buscamos paz, sosiego, tranquilidad, bienestar y felicidad, tanto en nuestra vida laboral, como en la social y familiar. Pero el intento de conseguirlo en todo momento es trabajoso y al no conseguirlo en la mayoría de las ocasiones, frustrante.
Aquí es donde está la razón de la llamada “frustración existencial” de los humanos.
Queremos estar a gusto, contentos, satisfechos, felices y al no conseguirlo, nos desasosegamos, nos enfurecemos e irritamos con la vida, nos enfurruñamos con nosotros mismos y con los demás y acabamos por despreciarnos, minusvalorarnos y amargarnos, llegando en bastantes ocasiones hasta la depresión o la locura.
Jamás nos sucedería esto, si viviéramos solos en un monte inaccesible o en una isla perdida entre los mares océanos. Nunca padeceríamos el ir y venir de la vida sentimental, ni tampoco nos arrastraría el subir y bajar del flujo emocional. Estando solos con nosotros mismos, con nadie disentiríamos, ni tampoco asentiríamos. Como suele decirse estaríamos en la situación de: “yo me lo guiso yo me lo como” o en la del “buey suelto, bien se lame”. Es decir, con plena libertad para vivir a nuestro aire, pudiendo hacer sin oposición, ni impedimento lo que quisiéramos, tal y como el proverbio castellano lo refleja con claridad: “hacer de nuestras capas, un sayo” (transformar la capa en lo que nos plazca, sin impedimento alguno)
En realidad, vivimos rodeados de gentes, sumergidos entre las gentes, interactuando sin parar los unos con los otros. Aquí está el origen de nuestro enredo, lío, pantano, laberinto, desbarajuste o embrollo emocional. Nadie es como cada uno de nosotros es, nadie ve las cosas como cada cual las ve, ni actúa, ni siente del mismo modo que los demás. Somos únicos, irrepetibles, distintos y diferentes a los demás, por eso se dice que: “todas las comparaciones son odiosas”, es decir poco exactas. Por esto, nuestras ideas, opiniones, actitudes y acciones, difieren de las de los otros- en más o en menos-, siendo laborioso llegar a acuerdos. Por estas diferencias disputamos, litigamos e incluso guerreamos. Creo que esta constante situación conflictiva con los demás, es la razón que llevó a B.Shaw a decir exagerada e inmisericordemente: “cuanto mas conozco a la gente, mas quiero a mi perro”.
Este estado combativo del vivir, no tiene solución. De una manera u otra, por esta o aquella razón, forcejeamos sin cesar. No vemos con nitidez la razón de las acciones de los otros y estos tampoco ven las nuestras. Aunque siempre y con rapidez, advertimos la sin razón de los demás. Ellos y nosotros nos encastillamos, encerramos o empeñamos en nuestra particular forma de ver y actuar en la vida, por esto ya desde tiempos antiguos se decía: “hacedlo y no enmendarlo”. Para corregir nuestra cabezonería, nos hace falta muchísima humildad y humanidad.
Humildad para reconocer que pueden existir diferentes maneras de las nuestras, para realizar o solucionar los mismos asuntos, así como comprender que no lo sabemos todo y que cada uno, desde su propio punto de vista, tiene parte de razón en lo que dice o propone.
Humanidad para admitir al otro como a un ser humano, con los mismos e iguales derechos y consideraciones que nosotros creemos tener y merecer. Así como disponibilidad para llegar a acuerdos justos con los que podamos entendernos y convivir.
La razón de nuestras disputas está en pensar que hemos sido ofendidos, agredidos, engañados, manipulados aviesamente por los otros, que son seres taimados que siempre buscan jorobarnos, perjudicarnos y mas aún, destrozarnos y eliminarnos. Sin embargo esto no suele ser totalmente cierto, aunque es verdad que personas confusas, locas y enfermas mental y emocionalmente existen y pueden complicarnos la existencia, mientras no sepamos como actuar adecuadamente con ellas.
Por tanto, ¿qué podemos hacer en la vida, donde los deseos intereses y emociones consiguientes, nuestros y de los otros se oponen?
Lo primero y más importante, no sufrir y para esto, acabar de una vez por todas y para siempre, de considerarnos como el objetivo de éste o aquel, que desea hundirnos y aniquilarnos a toda costa; hasta incluso en las ocasiones en que pueda ser más o menos cierto. Ya que de creerlo, penaremos y sufriremos a mogollón. Mucho más práctico y positivo es pensar, que el otro, porque es un patoso emocional o por lo que fuere, se ha liado la manta sentimental a la cabeza y “no da pie con balón o con bola”. Es decir, está atrapado en sus emociones más negativas, que le han llevado al desorden y descontrol emocional. Quizás y al igual que nosotros pudimos pensar, también él cree que nosotros y la sociedad en general, quiere jorobarle, destrozarle y eliminarle. Pero nosotros sabemos muy bien, que eso no es cierto, pero claro, él eso, ni se lo plantea; está muy seguro de sus pálpitos, barruntamientos e imaginaciones catastrofistas.
En segundo lugar, hemos de tener muy claro, que vivimos rodeados de desorden de todo tipo y no sólo emocional, sino económico, social, político, educativo, sanitario, ideológico… La desorganización y el desorden nos rodean desde la cuna a la tumba. Una enfermedad, un robo, un incendio, una guerra…. es desorden. Así no se puede vivir. Necesitamos orden en todos los aspectos de la vida.
Una vez interiorizado que continua y constantemente hemos de bregar para restablecer y mantener el orden y que la vida tal y como se dice “es una lucha” (entre el orden y el desorden, entre lo bueno y lo malo, entre lo positivo y lo negativo, entre la luz y la oscuridad…o sea la dualidad de lo existente), ya no hay ninguna razón para considerar que lo que nos ofrece la vida es una putada, una cabronada, una burla del destino o de los dioses. La vida es como es y no como quisiéramos que fuese, lo que no supone que dejemos de trabajar para mejorarla, para que se acerque más y más a lo que queremos que sea: una buena vida, una vida dichosa, feliz y nunca una vida arrastrada, miserable o invivible.
Por tanto, hemos de estar “vigilantes y recordar”, que estamos rodeados por un mar de emociones, deseos e intereses negativos o desordenados. Que la vida es así, por vivir en sociedad, entre las gentes, todas muy diversas. Muy distinto sería si viviéramos aislados y en soledad, donde nadie pudiera hablarnos y con nadie interactuáramos. Ya que esa vida solitaria no es posible, no es nada práctico dedicarse a aporrear, a combatir sin tregua a los demás. Nunca descalabraremos, ni nos desharemos de tantos y tantos oponentes como personas hay en el mundo. Nunca nos libraremos de ellos. Nunca les ganaremos totalmente. Nunca acabaremos con el desorden y la negatividad de una vez por todas y para siempre jamás. Es absurdo e improductivo empeñarse en una cruzada personal como esta.
Entonces, hemos de tomar otro camino: el de evitar contaminarnos con la emocionalidad negativa que nos rodea y que los demás vierten sobre nosotros día y noche y evitar producirla nosotros mismos. Nos conviene ser prácticos y evitar la contaminación emocional de la sociedad desordenada, e impedir nuestra rápida respuesta emocional automática, descontrolada, gracias a la influencia emocional negativa que implacablemente nos rodea. “Vigilar y recordar” que cualquier situación emocional, es normal y habitual en la vida social. Entonces por qué reaccionar una y otra vez con nerviosismo, precipitadamente, con rabia, con ira, coléricamente, o sea con negatividad e infelicidad.
Será suficiente con mantener la tranquilidad, la calma, para no dejarnos envenenar por la negatividad ambiental. Mantener el sosiego, no quiere decir aguantar apretando los dientes o los puños o morderse la lengua para no explotar. Mantenerse relajado significa, estar seguro de uno mismo, porque sabe que tiene el control de sus emociones y por tanto de sus reacciones, que las gobierna, que manda en ellas y que no permite que otros las manipulen y las desorganicen. Se que yo y sólo yo, mando en mis sentimientos, que yo los dirijo hacia el bien, lo positivo, el orden, la vida buena, la felicidad y que ya nadie más, me va a sacar de “mis casillas”, haga o diga lo que sea. A partir de aquí, ya nadie más me va a descontrolar y hacerme sufrir, tanto por haberme dejado arrastrar por la emocionalidad negativa, como por las consecuencias de mis actos incontrolados, en tanto “vigile y recuerde”, es decir, tenga presente el no dejarme llevar por ninguna emoción destructiva propia o ajena. Lo que está al alcance de mis manos, pues nada más darme cuenta de que me gobierna o va a hacerlo una emoción negativa y cuanto antes mejor, puedo arrebatarla el control, es decir, puedo desenchufar el piloto automático emocional y conducir mi vida, tomando el control y el mando de la misma, prescindiendo de ese mecanismo irracional y por tanto fácilmente influenciables por lo que sucede alrededor; aunque por otra parte sea muy útil en las ocasiones carentes de peligrosidad. Conservando el mando emocional en toda situación social (y en cualquier caso lo antes posible) conseguiré conducir mi vida positiva y satisfactoriamente, a lo largo de toda su existencia.
En consecuencia, la vida es un constante “vigilar y recordar”. Vigilar, es estar atento a no perder el control emocional. Recordar es no olvidar, que tengo el recurso de dirigir y gobernar mi vida por mí mismo, en cuanto así lo quiera. No necesito estar tenso, ni preocupado por “vigilar y recordar”, aunque sí debo permanecer en una relajación atenta, consciente, como cualquier animal pastando tranquilamente, pero que al menor ruido escapa rápido. Basta con mantener este “programa mental”, sin desconectar y por encima de todo automatismo rutinario o “programa automático de la mente”, supervisando todo lo que ocurre a nuestro alrededor y preparado para tomar el control, al menor síntoma de peligrosidad que pueda aparecer. Así podré estar en paz, en tranquilidad, sin esfuerzos, ni tensiones musculares o emocionales y sin disgusto aunque la situación desagradable no acabe rápidamente en segundos, tal y como quisiéramos. Normalmente todo lleva un tiempo para desactivarse y no se puede acortar. Debemos aguantarla relajadamente sin sufrir, hasta su extinción, pues como los conductores de vehículos suelen decir: “vale mas perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto”. Es decir, vale más perder o invertir el tiempo que fuere en resolver o conducir adecuadamente un asunto, que estrellarse en segundos con él, padeciendo el trauma emocional consiguiente y a veces también físico. El control emocional de los nervios y las prisas, no es más ni menos que el control emocional del que venimos hablando, e igualmente lo es, el de cualquier otra emoción específica y determinada. Por tanto no tomarse las cosas que nos suceden “a pecho”, como si la vida nos fuera en ello. No es cierto y además nos tensa emocional y físicamente y nos disgusta. Tomárselo todo con normalidad, sin nervios, sin intranquilidad, sin desasosiego, en definitiva, sin sufrir, tratando de disfrutar, pasarlo bien y estar lo más a gusto posible con las experiencias de la vida que nos suceden. Es muy bueno “echarse unas risas”, canturrear, tararear…
para relajarnos y sentirnos bien y a gusto con nosotros y los demás.
EN CONCLUSION. Vivir en sociedad conlleva conflictos emocionales continuos, de mayor o menor intensidad. Estos sólo nos afectarán seriamente cuando creamos que son faenas que los demás nos hacen, para jorobarnos, eliminarnos y hacernos sufrir.
Hemos de reaccionar, con la mayor tranquilidad y racionalidad posible, sin enfrentamientos ni luchas, teniendo presente que si evito ofenderme e impido cuanto antes mi posible descontrol o desorden emocional, nada durará como para afectarme con alguna gravedad. Así en lugar de un choque frontal o guerra de exterminio, resultará un rozón o abolladura superficial sin consecuencias desagradables.
Nos empeñamos una y otra vez en la vida, cual Quijotes modernos (con móviles…) en luchar contra molinos de viento, pensando que son colosales gigantes que buscan nuestra destrucción. Es hora de controlar definitivamente estas fantasías que impiden nuestra felicidad, ya que disponemos de recursos suficientes para hacerlo.
LUSAN. Octubre de 2011
NOTA: aviesamente: Siniestra, malamente
2. 'taimado': galopín - ladino - raposo - tunante
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